martes, 19 de abril de 2016

Primera Lección. Señor, enséñanos a orar o, El único maestro. (With Christ in the school of prayer by Andrew Murray. Spanish translation)


Aconteció que estaba Jesús orando en un lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos. (Lucas 11:1)

Los discípulos habían estado con Cristo y lo habían visto orar. Ellos habían aprendido a entender algo de la conexión entre su maravillosa vida en público, y su secreta vida de oración. Ellos habían aprendido a creer en él como maestro en el arte de la oración; nadie podía orar como Él. Y entonces ellos vinieron a Él con la petición “Señor, enséñanos a orar". Y en los años siguientes ellos podrían habernos dicho que hubo pocas cosas más maravillosas o de bendición que Él les enseñó que sus lecciones sobre la oración.Y ahora todavía sale a flote esto. Mientras Él está orando en cierto lugar, los discípulos que lo ven sienten entonces la necesidad de repetir la misma petición: “Señor, enséñanos a orar". Mientras crecemos en la vida cristiana, el pensamiento y la fe de nuestro amado Maestro y su interminable intercesión se vuelve aún más preciosa, y la esperanza de ser como Cristo en su intercesión gana un atractivo antes desconocido. Y mientras le vemos orar, y recordamos que nadie puede orar como Él, y nadie puede enseñar como Él, sentimos la petición de los discípulos: “Señor, enséñanos a orar", es justo lo que necesitamos. Y mientras pensamos cómo Él es todo y tiene todo, cómo Él mismo es nuestro dueño, cómo Él mismo es nuestra vida, estamos seguros de que no tenemos sino preguntar, y Él se deleitará en llevarnos a un compañerismo con Él mismo, y en enseñarnos a orar incluso como Él ora.

¡Vamos, mis hermanos! ¿Acaso no iremos al amado Maestro y le pediremos anotar nuestros nombres en la nueva escuela que Él siempre mantiene abierta para aquellos que anhelan continuar sus estudios en el arte divino de la oración y la intercesión? Sí, vayamos a decirle este mismo día al Maestro, como ellos hicieron antes, “Señor, enséñanos a orar". Mientras meditamos, encontraremos que cada palabra de la petición implorada se llena de significado.

“Señor, enséñanos a orar". Sí, a orar. Necesitamos ser educados en esto. Aunque en sus inicios la oración es tan simple que él niño más torpe puede orar, es al mismo tiempo el más grande y santo trabajo que un hombre puede desempeñar. Es comunión con el Invisible y El más santo. Los poderes del mundo eterno han sido puestos a disposición de la oración. Ella es la esencia de la verdadera religión, el canal de todas las bendiciones, el secreto del poder y la vida. No sólo para nosotros sino para otros, para la Iglesia, para el mundo, es a la oración a lo que Dios le ha dado el derecho de apropiarse de Él y Su fuerza. Es en la  oración que las promesas esperan para su cumplimiento, el reino por su venida, y la gloria de Dios por su completa revelación. Y para este bendito trabajo, cuán débiles e incapaces somos. Es sólo el Espíritu Santo quién puede capacitarnos para hacerlo correctamente. ¡Qué rápido nosotros somos engañados para descansar en la formalidad mientras el poder está esperando! Nuestro primer entrenamiento, la enseñanza de la iglesia, la influencia del hábito, lo abrumador de las emociones ¡cuán fácilmente esto lleva a una oración que no tiene poder espiritual y logra poco. La verdadera oración, aquella que se apropia de la fortaleza divina, aquella que logra mucho, y para la cual las puertas del cielo están realmente abiertas de par en par… ¿quién no clamaría por alguien que nos enseñe a orar de esa manera?

Jesús ha abierto una escuela, en la que Él entrena a sus redimidos, a quienes lo anhelan especialmente, para tener poder en la oración. ¿Acaso no entraremos con la petición, Señor? ¡Esto es justo en lo que necesitamos ser educados! Oh “Señor, enséñanos a orar".

“Señor, enséñanos a orar" sí, a nosotros, Señor. Hemos leído en tu palabra con qué poder tus creyentes de Antiguo oraban y qué potentes maravillas fueron hechas en respuesta a esas oraciones. Y si esto tuvo lugar bajo el Antiguo Pacto, en el tiempo de la preparación, cuánto más no harás Tú ahora, en estos días de cumplimiento, da a tu pueblo esta señal segura de Tu presencia entre ellos. Nosotros hemos aprendido las promesas dadas a tus apóstoles del poder de la oración en tu nombre, y hemos visto cuán gloriosamente ellos experimentaron su veracidad. Estamos seguros de que esas promesas pueden volverse verdaderas también para nosotros. Escuchamos continuamente, incluso en estos días, qué gloriosas muestras de tu poder das a aquéllos que creen en ti por completo. ¡Señor! Todos ellos son hombres con pasiones como las nuestras; entonces enséñanos a orar también a nosotros. Las promesas son para nosotros, los poderes y dones del mundo celestial son para nosotros. Oh, enséñanos a orar para que podamos recibir abundantemente. También a nosotros nos has encargado Tu trabajo, también de nuestra oración depende la venida de tu reino, en nuestra oración también puedes glorificarte. “Señor, enséñanos a orar". Sí, a nosotros, Señor; nosotros nos ofrecemos voluntariamente como aprendices; y ciertamente Tú nos enseñarás. “Señor, enséñanos a orar".

“Señor, enséñanos a orar". Sí, sentimos ahora la necesidad de ser educados para orar. Al inicio ningún trabajo parece tan simple como éste, después, ninguno es más difícil. Y la confesión viene de nosotros: No sabemos orar como deberíamos. Es cierto que tenemos la palabra de Dios, con sus claras y confiables promesas, pero el pecado ha ensombrecido tanto nuestras mentes, que no siempre sabemos cómo aplicar la palabra. En las cosas espirituales no siempre vemos las cosas más necesarias, o fallamos en orar de acuerdo a las leyes del santuario. En las cosas temporales somos aún menos capaces de disponer de la maravillosa libertad que nuestro Padre nos ha dado para pedir lo que necesitamos. Y aún cuando sabemos qué pedir, cuántos nos hace falta todavía para hacer la oración aceptable. Debe ser para la gloria de Dios, en completo sometimiento a su voluntad, con una fe que no vacile, en el nombre de Jesús y con una perseverancia que, rechaza el ser negada. Todo esto debe ser aprendido. Y sólo puede ser aprendido en la escuela de mucha oración, porque la práctica hace al maestro. Entre la dolorosa conciencia de la ignorancia y el desmerecimiento, en la lucha entre creer y dudar, el arte divino de la oración efectiva es aprendido. Porque, aún cuando no lo recordemos, hay Uno, el Inicio y el Fin de la fe y oración, quien observa nuestra oración y se encarga de que todo aquel que confía en Él para su educación en la escuela de la oración sea perfeccionado. Dejemos que únicamente el profundo sentimiento de toda nuestra oración sea la docilidad que viene de un sentimiento de ignorancia y de la fe en Él como un maestro perfecto, y podremos asegurar que seremos enseñados, aprenderemos a orar en poder. Sí, podemos depender de eso. Él enseña a orar.

“Señor, enséñanos a orar". Nadie puede orar como Jesús sino Jesús, es por eso que lo invocamos, “SEÑOR, enséñanos a orar". Un aprendiz necesita de un maestro que conoce su trabajo, que tenga el don de la enseñanza, quien con paciencia y amor descenderá a las necesidades del aprendiz. ¡Bendito sea el Señor! Jesús es todo esto y mucho más. Él sabe lo que es la oración. Es Jesús, orando Él mismo, quien enseña a orar. Él sabe lo que es la oración. Él lo aprendió entre las pruebas y las lágrimas de su vida terrenal. Aún en el cielo es su trabajo amado: Su vida es oración. Nada lo deleita más que encontrar a quienes Él puede llevar con Él a la presencia de su Padre, a quienes Él pueda revestir con poder para bajar con oración las bendiciones para aquellos que le rodean, a quienes Él pueda entrenar para volverlos sus colaboradores en la intercesión por la cuál el reino es revelado en la tierra. Él sabe cómo enseñar. Ahora, por la urgencia de sentir necesidad, luego por la confianza que el gozo inspira. Aquí por la enseñanza de la palabra, allá por el testimonio de otro creyente que conoce lo qué es que su oración haya sido escuchada. Por su Espíritu Santo, Él tiene acceso a nuestro corazón, y nos enseña a orar mostrándonos el pecado que estorba la oración, o dándonos la seguridad de que complacemos a Dios. Él enseña dándonos no sólo pensamientos de qué pedir o cómo pedir sino inspirando en nosotros el espíritu mismo de la oración, y viviendo en nosotros como el Gran Intercesor. Debemos asentir y decir con sumo gozo “¿Quién enseña como Él?" Jesús nunca enseñó a sus discípulos cómo predicar, sólo cómo orar. El no habló mucho sobre la necesidad de predicar bien, pero sí habló mucho de orar bien. Saber cómo hablarle a Dios es más importante que cómo hablarle a un hombre. No el poder para con los hombres sino el poder con Dios es lo primero. Jesús ama enseñarnos cómo orar.

¿Qué opinan mis queridos condiscípulos? ¿No será justo lo que necesitamos, preguntar al Maestro que nos dé un curso de un mes de lecciones especiales en el arte de orar? Mientras meditamos en las palabras que Él habló en la tierra permitámonos rendirnos a Su enseñanza con la completa confianza de que, con tal maestro, progresaremos. Tomemos el tiempo no sólo para meditar sino también para orar y postrarnos a los pies del trono, y ser entrenados en el trabajo de intercesión. Permitámonos hacer esto en la seguridad de que en medio de nuestros balbuceos y miedos Él nos está llevando a más hermoso trabajo. Él respirará su propia vida, que es toda oración, en nosotros. Así como Él nos hace coherederos de su justicia y su vida, también lo hará de su intercesión. Como miembros de su cuerpo, como sacerdocio escogido, nosotros tomaremos parte en su santo trabajo de suplicar y prevalecer con Dios a favor de los hombres. Digamos aún con el más grande gozo, aunque ignorantes y débiles somos, “Señor, enséñanos a orar ".
Bendito Señor! Quién vive para orar, tú me puedes enseñar a orar también, yo también puedo vivir para orar. En esto Tú amas hacerme compartir tu gloria en el cielo, en que yo pueda orar sin cesar y estar siempre como un sacerdote en la presencia de mi Dios.
Señor Jesús! Te pido que este día enlistes mi nombre entre los de aquellos que confiesan que no saben orar como deberían, y que te piden especialmente a ti un curso de enseñanza en la oración. Señor! Enséñame a quedarme contigo en la escuela y a darte a TI tiempo para entregarme. Que una profunda sensación de mi ignorancia, del maravilloso privilegio y poder de la oración, de la necesidad del Espíritu Santo como el Espíritu de la oración, me lleve a abandonar mis pensamientos de lo que creo saber y me haga arrodillarme ante ti en una sincera mansedumbre y pobreza de espíritu.
Y lléname, Señor, con la confianza de que con tal maestro como eres Tú yo aprenderé a orar. En la seguridad de que te tengo como mi maestro, a Jesús quién está siempre orando al Padre, y que con su poder rige los destinos de Su iglesia y el mundo, no tendré miedo. Tanto como necesite saber los misterios del mundo de la oración, de tal manera los desdoblarás para mí. Y cuando quizás no sepa, Tú me enseñarás a ser fuerte en la fe, glorificando a Dios.
Bendito Señor! No avergonzarás al estudiante que confíe en ti, y por tu gracia tampoco te avergonzarás de él. Amén.

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