martes, 19 de abril de 2016

Con Cristo en la escuela de la Oración. Prefacio

Prefacio

De todas las promesas conectadas con el mandamiento “permanezcan en mí" no hay ninguna más alta y ninguna nos lleva más rápido a la convicción de que “no es que lo haya alcanzado ya ni que ya sea perfecto" que ésta: “si permanecéis en mi pedid lo que queráis y OS será hecho". El poder con Dios es el más alto logro de la vida de total permanencia.
Y de todos los logros de una vida COMO LA DE CRISTO no hay ninguno más alto y más glorioso que la conformidad a él en el trabajo que ahora lo ocupa sin cesar en la presencia del padre: Su toda imperante intercesión. Lo más que permanecemos en él y crecemos en su semejanza lo más que Su vida sacerdotal trabajará en nosotros poderosamente, y nuestra vida se volverá lo que la suya es, una vida que siempre suplica e impera para los hombres.
“Tú nos has hecho reyes y sacerdotes de Dios". Tanto en el término “rey" como en “sacerdote" la característica principal es el poder, la influencia, la bendición. En el rey es el poder bajando; en el sacerdote, es el poder subiendo, prevaleciendo con Dios. En nuestro bendito Rey-Sacerdote, Jesucristo, el poder real es encontrado en el poder  sacerdotal que él es capaz de guardar hasta lo último, porque él vive para interceder. En nosotros, sus reyes y sacerdotes, no es diferente: Es en la intercesión que la iglesia halla y ejerce su más grande poder, que cada miembro de la iglesia muestra su descendencia de Israel, quién como un príncipe tiene poder con Dios y con los hombres y prevalece.
Es la profunda impresión de que el lugar y el poder de la oración en la vida cristiana es tan pobremente entendido que este libro ha sido escrito. Tengo la seguridad de que mientras nosotros no miremos la oración como nuestra fuente principal de mantenimiento de nuestra propia vida cristiana, no sabremos completamente lo que significa ésta. Pero cuando nosotros aprendemos a considerarla como la más grande parte del trabajo que se nos confió, la raíz y fortaleza de cualquier otro trabajo, vemos que no hay nada que necesitemos tanto estudiar y practicar como el arte de orar correctamente.
Si tengo algún logro en apuntar la progresiva enseñanza de nuestro Señor en lo que a la oración se refiere y a la clara referencia de las maravillosas promesas de la última noche (Juan 14:16) de las obras que nosotros haremos en su nombre, a obras más grandes, y a llevar mucho fruto, entonces todos tenemos que admitir que es sólo cuando la Iglesia se da a sí misma a esta santa tarea de la intercesión que podemos esperar que el poder de Cristo se manifieste a su favor.
Es mi oración que el Señor pueda usar este pequeño libro para aclarar a algunos de sus hijos el maravilloso lugar de poder e influencia que él está esperando que ocupen, y por el cual un abatido mundo está esperando también.
En conexión con esto hay otra verdad que ha venido a mí con maravillosa claridad mientras estudié la enseñanza de Jesús sobre la oración. Ésta es: que el Padre espera escuchar cada oración de fe, para darnos lo que queramos y pidamos en el nombre de Jesús. Nos hemos acostumbrado tanto a limitar el maravilloso amor y las extensas promesas de nuestro Dios, que no podemos leer las claras y simples declaraciones de nuestro Señor sin las condiciones por las cuales nosotros las custodiamos y exponemos. Si hay una cosa que yo creo que la iglesia necesita aprender es que Dios pretende que la oración tenga una respuesta, y que esta verdad no tiene entrada al corazón del hombre para imaginar lo que Dios hará por su Hijo, quien se dio a sí mismo para creer que la oración será escuchada. Dios escucha la oración, esa es una verdad universalmente admitida, pero de la cuál muy pocos entienden su significado o experimentan su poder. Si lo que he escrito anima a mi lector a ir a las palabras del Maestro y a tomar sus extraordinarias promesas simple y literalmente como están, mi objetivo se ha cumplido.

Sólo una cosa más. Miles han hallado en estos últimos años una bendición indescriptible en aprender cómo Cristo es completamente nuestra vida, y cómo él se encarga de ser y hacer todo lo que necesitamos. No sé si nosotros ya hemos aprendido a aplicar esta verdad a nuestra vida de oración. Muchos lamentan no tener el poder de orar con fe, de orar la oración eficaz que logra mucho. El mensaje que felizmente traigo para ellos es que el bendito Jesús está esperando, anhelando enseñarles. Cristo es nuestra vida: en el cielo él vive orando; su vida en nosotros es una de continua oración, sólo si confiamos en él para eso. Cristo nos enseña a orar no sólo con el ejemplo, por instrucción, por mandamiento o por promesas sino por mostrarse  él mismo, el siempre vivo Intercesor, en nuestra vida. Es cuando nosotros creemos esto y vamos y permanecemos en él  también para nuestra vida de oración, que nuestro miedo de no orar correctamente desaparece y poder creer gozosa y triunfalmente en nuestro Señor para enseñarnos a orar, para que sea él la vida y el poder de nuestra oración.
Que Dios abra tus ojos para ver lo que es el santo ministerio de la intercesión para el que, como su real sacerdocio, hemos sido apartados. Que él nos de un gran y fuerte corazón para creer en la poderosa influencia que nuestras oraciones pueden ejercer. Y que todo miedo para que podamos cumplir nuestra vocación desaparezca al mirar a Jesús,  viviendo siempre para orar, viviendo en nosotros para orar y permaneciendo garante de nuestra oración. 

Andrew Murray
Wellington, 28 de octubre de 1895

No hay comentarios:

Publicar un comentario