Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.
Juan 4:23-24.
Estas palabras de Jesús a la mujer samaritana, son el primer registro de su enseñanza sobre la oración. Y nos dan algunos destellos del mundo de la oración. El Padre busca adoradores: nuestra adoración satisface su amante corazón y es un regocijo para Él. El padre busca adoradores, pero encuentra a muchos que no son como los que tendrá. La verdadera adoración es aquella en Espíritu y en verdad. El Hijo ha venido a abrir el camino para esta adoración en espíritu y en verdad y a enseñárnoslo. Por eso una de nuestras primeras lecciones en la escuela de la oración debe ser entender qué es orar en espíritu y en verdad, y entender como podemos alcanzarla.
A la mujer de Samaria nuestro Señor le habló de tres tipos de adoración: Primero, la adoración ignorante de los samaritanos. “Vosotros adoráis lo que no sabéis". La segunda, la adoración inteligente de los judíos, teniendo el conocimiento verdadero de Dios: “Nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos". Y luego, la nueva, la adoración espiritual que nosotros conocemos y la que Él mismo ha venido a introducir: “La hora viene, y la hora es, cuando los verdaderos adoradores adorararán al Padre en Espíritu y en verdad". Por la conexión es evidente que las palabras “En Espíritu y en Verdad" no significan, como a menudo se piensa, formalmente, con el corazón, sinceramente. Los samaritanos tenían los cinco libros de Moisés y algo de conocimiento de Dios; había, indudablemente, más de uno de ellos que honesta y solemnemente buscaran a Dios en oración. Los judíos tenían la veraz revelación completa de Dios en su Palabra, hasta donde había sido dada, de ellos hubo muchos hombres de Dios, quienes invocaron a Dios con todo su corazón. Y aún así ninguno lo hizo “en Espíritu y en Verdad", en el completo significado de las palabras. Jesús dijo, “la hora viene y la hora es"; es solamente en Él y a través de Él que la adoración de Dios será en Espíritu y en verdad".
Entre los cristianos uno aún encuentra las tres clases de adoradores. Algunos que en su ignorancia difícilmente saben qué piden: Ellos oran sinceramente y aún así reciben poco. Otros que son, los que tienen más conocimiento correcto, que tratan de orar con toda su mente y corazón, y a menudo oran aún más sinceramente y aún así no se quedan con la adoración completa de la adoración en Espíritu y en Verdad. Es a esta tercera clase a la que debemos pedir a nuestro Señor Jesús que nos lleve. Nosotros debemos ser enseñados por El sobre cómo adorar en Espíritu y en verdad. Sólo ésta es adoración espiritual; ésta nos hace adoradores como los que el Padre busca. En la oración todo dependerá de nuestro buen entendimiento y de practicar la adoración en Espíritu y en Verdad.
Dios es Espíritu y aquellos que lo adoran, deben hacerlo “en Espíritu y en Verdad". El primer pensamiento sugerido aquí por el maestro es que debe existir una armonía entre Dios y sus adoradores; como Dios sea, así tiene que ser el adorador. Esto es acorde al principio que prevalece a través del universo: Se busca una correspondencia entre el objeto y el órgano en el cual se revela o se da a sí mismo. El ojo tiene una aptitud natural para la luz, el oído para el sonido. El hombre que adoré realmente a Dios, que le busque, que lo conozca, que lo posea y lo disfrute, debe estar en armonía con Él, debe tener la capacidad de recibirle. Debido a que Dios es Espíritu, nosotros debemos adorar en Espíritu. Como Dios es, así es su adorador.
¿Y qué significa esto? La mujer le ha preguntado a nuestro Señor si Samaria o Jerusalén era el verdadero lugar de adoración. Él responde que de allí en adelante la adoración no estará limitada a un lugar en específico: “Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén, adoréis al Padre". Como Dios es Espíritu no está limitado por el espacio ni por el tiempo, sino que en su absoluta perfección es el mismo siempre y en todo lugar, entonces su adoración de allí en adelante no estará ya limitada por el tiempo ni por el espacio, ni por la forma, sino será espiritual como Dios mismo es espiritual. Una lección de inmensa importancia. ¡Cuánto ha sufrido de esto nuestro cristianismo, de estar confinados a ciertos tiempos y lugares! Un hombre que busca orar reverentemente en la iglesia o en el guardarropa pasa la mayor parte de su semana o día en un espíritu enteramente en desacuerdo con lo que ha orado. Su oración fue la obra de un lugar y horario fijos, no de todo su ser. Dios es Espíritu: es eterno e inmutable; lo que es, lo es siempre y en verdad. Nuestra adoración debe ser entonces en Espíritu y en Verdad: su adoración debe ser el Espíritu de nuestra vida; nuestra adoración debe ser en Espíritu como Dios es Espíritu.
Dios es Espíritu: y aquellos que le adoran deben adorarle “en Espíritu y en Verdad". El segundo pensamiento que viene a nosotros es que la adoración en Espíritu debe provenir de Dios mismo. Dios es Espíritu: sólo Él tiene al Espíritu para darlo. Por eso envió a su hijo, para prepararnos para tal adoración espiritual, dándonos al Espíritu Santo. Es de su propia obra que Jesús habla, cuando Él dice dos veces, “la hora viene", y luego añade, “y ahora es". Él vino a bautizar con el Espíritu Santo; el Espíritu no podía derramarse hasta que Él fuera glorificado. (Juan 1:33, 7:37-38, 16:7). Fue hasta que Él puso un fin al pecado, y entró al Santísimo con su sangre, que pudo enviarnos al Espíritu del Padre para que nosotros lo recibiéramos (Hechos 2:33). Fue cuando Cristo nos redimió, y nosotros en Él recibimos la posición de hijos, que el Padre derramó el Espíritu de su hijo en nuestros corazones para clamar “Abba Padre". La adoración en Espíritu es la adoración al Padre en el Espíritu de Cristo, el Espíritu de adopción.
Esta es la razón por la que Jesús aquí usa el nombre de “Padre". Nunca encontraremos a uno de los santos del Antiguo Testamento apropiándose del nombre de “hijo" o llamar a Dios “Padre". La adoración al Padre es sólo posible para quienes el Espíritu del hijo les haya sido dado. La adoración en Espíritu es posible sólo para aquellos a quienes el Hijo les reveló al Padre, y quienes han recibido el Espíritu de adopción. Es únicamente Cristo quien abre y el camino y enseña la adoración en Espíritu.
Y en Verdad, eso no sólo significa “en sinceridad". Tampoco significa nada más, “de acuerdo a la Palabra de Dios". Ésta es una expresión con un significado muy profundo y divino. Jesús es el único Unido al Padre, lleno de gracia y verdad. La ley fue dada por medio de Moisés, la gracia y la verdad vienen por Jesucristo. Jesús dijo “yo soy la verdad y la vida". En el Antiguo Testamento todo era sombra y promesa; Jesús trajo y dió la realidad, la sustancia, lo que se había esperado. En Él las bendiciones y poderes de la vida eterna son nuestra posesión actual y nuestra experiencia. Jesús está lleno de gracia y verdad; el Espíritu Santo es el Espíritu de Verdad; a través de él la gracia que está en Cristo Jesús es nuestra en hecho y verdad, una comunicación positiva fuera de la vida divina. Y entonces adorar en Espíritu as adorar en verdad, vivir realmente una comunión con Dios, una correspondencia real y una armonía entre el Padre, que es Espíritu y el hijo orando en Espíritu.
Lo que Jesús le dijo a la mujer de Samaria, ella no lo pudo comprender a la primera. El Pentecostés era necesario para revelar su completo significado. Rara vez estamos preparados para recibir tal enseñanza en nuestra primer entrada a la escuela de la oración. La entenderemos mejor más tarde. Permitámonos tomar y entender la lección como Él la vaya dosificando. Sos carnales y no podemos brindar a Dios la adoración que Él busca. Por eso Jesús vino para darnos al Espíritu: Él nos lo ha dado. Dejemos fluir la sincera confesión de nuestra incapacidad de darle a Dios la adoración que le complace, la infantil disposición para aprender y que espera en Él para instruirnos; la fe simple que se somete al murmullo del Espíritu. Sobretodo, abracemos rápido la bendita verdad (encontrarémos que el Señor tiene mucho más qué decirnos sobre esto) de que el conocimiento de la paternidad de Dios, la revelación de sus infinito amor de Padre en nuestros corazones, la fe en el infinito amor que dió a su Hijo y a su Espíritu para hacernos hijos, es de hecho, el secreto de la oración en Espíritu y en Verdad. Este es el nuevo camino de vida que Cristo abrió para nosotros. Tener a Cristo el Hijo, y al Espíritu del Hijo morando en nosotros y revelando al Padre, esto nos hace adoradores verdaderos y espirituales.
Señor, enséñanos a orar:
¡Bendito Señor! Adoro el amor con que le enseñaste a la mujer que te negó un vaso de agua cómo debe de ser la adoración a Dios. Me regocijo en la certeza de que no le enseñarás menos a tus discípulos, que vienen a ti con un corazón que anhela orar en espíritu y en Verdad. ¡Oh mi Santo Maestro! Enséñame este bendito secreto.
Enséñame que la adoración en Espíritu y en Verdad no es de hombres y que sólo viene de ti, que no es sólo algo de horarios y temporadas sino el resultado de una vida en ti. Enséñame a arrodillarme ante Dios en oración bajo la gran certeza de mi ignorancia y mi absoluta carencia de algo que ofrecer; y en el mismo momento de la provisión, Tú, mi Salvador, harás que el Espíritu inspire en mi infantil tartamudez. Te bendigo porque en ti soy un hijo, porque en ti tengo el Espíritu de adopción y tengo la libertad de acceso de un hijo, porque en ti tengo el Espíritu de adopción y de adoración en Verdad. Enséñame, sobretodo, bendito hijo del Padre, cómo es la revelación del Padre que da confianza en la oración y que la infinita paternidad del corazón de Dios sea mi gozo y mi fortaleza para una vida de oración y adoración.
Amén.
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